En un momento en el que se pide a la cultura que sea socialmente relevante, que represente la diversidad, que genere conocimiento, que cuide el medio ambiente, que dialogue con las comunidades, que sea accesible, que innove tecnológicamente y, por supuesto, que resulte atractiva para el público, ¿cuándo nos hallamos ante una obra lograda?
El problema aparece cuando confundimos la acumulación de buenas intenciones con la construcción de un buen proyecto o este es juzgado desde una única instancia. Una obra puede tener una causa justa y estar mal resuelta, pero también puede estar bien realizada formalmente y no decir nada, quedando en pura fascinación o entretenimiento. Esta tensión no es nueva, pero quizás sea necesario volver a formularla.
Imaginemos un documental sobre los últimos artesanos que mantienen vivo un oficio transmitido durante generaciones. La historia trata de ser un tributo a la memoria, al origen, al conocimiento. Sin embargo, eso no basta para que el proyecto esté logrado si los testimonios son repetitivos, el ritmo se hace innecesariamente lento y la fotografía carece de cualquier elaboración visual sin una razón para ello. Probablemente tengamos un buen argumento para una obra, pero aún no ha encontrado su forma idónea.
Mieke Bal ha insistido en que arte y política deben entenderse como un entrelazamiento, no como una identificación. Y esa distinción resulta fundamental: una obra no se convierte en contemporánea simplemente porque hable de un problema actual. Necesita encontrar un modo de hacerlo visible y memorable.
Una obra no se convierte en contemporánea simplemente porque hable de un problema actual. Necesita encontrar un modo de hacerlo visible y memorable.”
Otro ejemplo: The Sun Does Not Rise in the North (2023), de Mónica de Miranda. La cuestión que plantea –las fronteras entre África y Europa, la migración y la memoria colonial– podría ser un relato documental de denuncia. Sin embargo, la artista construye una obra situada entre el documental y la ficción, donde el paisaje, el cuerpo, la luz y el ritmo convierten el desplazamiento en una experiencia poética y contemplativa.
La dimensión estética no se encuentra separada del problema político: es la que permite que la frontera deje de ser únicamente un asunto geopolítico para convertirse en una experiencia histórica y afectiva.
La cuestión consiste en determinar cuándo un proyecto artístico es logrado tanto en su dimensión social o política como en la estética en correspondencia con su tiempo.
En primer lugar, podemos preguntarnos por los distintos tipos de valor que una obra es capaz de activar: moral, porque plantea una cuestión relacionada con la justicia; epistemológico, porque nos permite conocer algo de otra manera; político, porque cuestiona relaciones o estructuras de poder; simbólico, porque transforma el imaginario colectivo; y estético, porque crea una experiencia sensible significativa mediante la forma.
La dimensión estética no se encuentra separada del problema político.”
Además, hay que considerar que el predominio de un mensaje político directo puede tener una eficacia limitada, mientras que la espectacularización formal puede vaciar de contenido la obra, reducida a entretenimiento. Por ello, se propone analizar la obra en dos niveles y en correspondencia entre ellos:
- Un primer nivel compuesto por los valores pretendidos, desde una perspectiva ética, considerando lo que es pertinente para una comunidad, en términos de reconocimiento y de proyección de bien común y de cotidianidad. Tendría que ver con la persona como ciudadana y como consumidora.
- Un análisis de tipo epistémico, es decir, concebido como un fenómeno que debe ser descrito y explicado en relación con el lenguaje empleado (elección del medio, espectro cromático, composición, ritmo…) y su idoneidad para la comunicación del primer nivel en un contexto concreto de aplicación, en términos de emoción, atracción y placer.
Se establece así la necesidad de ampliar la clásica correspondencia entre forma y contenido, evitando la prevalencia de un nivel sobre el otro o la universalización de gustos o valores locales. Cuando esto sucede, el proyecto gana en coherencia y capacidad para producir una experiencia significativa.
La cultura no debería elegir entre compromiso y belleza, entre pensamiento y emoción, entre conocimiento y experiencia.”
Además, puede adquirir más trascendencia dentro del mundo del arte, si alberga una capacidad autorreflexiva, que pueda activar consideraciones críticas capaces de reconsiderar el canal, el medio y el mensaje.
Como ha señalado Arthur Danto en La transfiguración del lugar común (1981), las obras de arte son “maneras de mirar el mundo”, modificando nuestra capacidad para verlo de otra manera.
Por otro lado, una obra contemporánea existe dentro de un sistema cultural que implica instituciones, mercado, públicos y formas de circulación. Por ello, valorar un proyecto exige preguntarse también qué papel desempeña la obra en el contexto en el que aparece.
En efecto, una exposición puede hablar de participación y estar diseñada de manera completamente vertical; un proyecto puede defender la diversidad y reproducir en su organización las mismas jerarquías que pretende cuestionar; un museo puede presentar un discurso crítico y, al mismo tiempo, utilizarlo como una nueva forma de legitimación institucional. Esta dimensión forma parte del significado de un proyecto.
Esto resulta especialmente importante ahora que las instituciones culturales han asumido buena parte del vocabulario de la crítica. “Comunidad”, “cuidados”, “participación”, “sostenibilidad”, “diversidad” o “inclusión” pueden convertirse fácilmente en fórmulas de programación. La consecuencia: lo que nació para cuestionar el sistema puede terminar integrado en él.
Y más allá del arte, una biblioteca, un festival, una publicación, un archivo, un programa educativo o una plataforma digital pueden ser proyectos contemporáneos si consiguen algo más que ofrecer contenidos o entretenimiento: deben construir un umbral desde el que podamos percibir de otra manera aquello que damos por sentado.
Este es un reto cultural básico. Por tanto, la experiencia estética debería dejar una pregunta abierta, siendo lo que nos atrae aquello que también nos obliga a pensar. Gerard Vilar ha defendido el valor cognitivo del arte precisamente desde esta perspectiva: puede funcionar como un dispositivo que nos permita pensar de otro modo.
Así, la cultura no debería elegir entre compromiso y belleza, entre pensamiento y emoción, entre conocimiento y experiencia. Su verdadero desafío es construir proyectos capaces de mantenerlos juntos.
Quizás una obra lograda sea entonces aquella que consigue abrir un umbral en su tiempo para conectar realidades sociales y formales. Más allá empieza la posibilidad de otro mundo.
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