La Bienal de Venecia: El laboratorio donde se ensaya el futuro de la cultura

En Venecia, una ciudad que durante siglos ha sido un puente entre civilizaciones, la Bienal se ha convertido en un laboratorio cultural donde se ensayan formas de imaginar, habitar y transformar el mundo. Sin embargo, el mismo sistema que hace de Venecia un extraordinario espacio de experimentación contribuye a convertirla en una ciudad-museo, saturada de visitantes y fundaciones, donde cada vez resulta más difícil distinguir entre la vida urbana y el parque temático.

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Venecia es uno de los lugares míticos del imaginario colectivo. En efecto, tras las ciudades invisibles que Marco Polo describe a Kublai Kan, se puede sospechar que se esconde Venecia. Es evidente en Zaira, Isidora o Eusapia, donde fulguran fragmentos de esa urbe laberíntica donde todo extravío conduce al descubrimiento de maravillas. De hecho, todo el libro es una fábula de los reflejos de sus aguas, del esplendor de sus palacios, de la infinita nostalgia que su recuerdo despierta y, sobre todo, de un lugar donde experimentar que «las ciudades, como los sueños, están construidas de deseos y miedos».

 

Tras su apabullante belleza, aparece un rasgo aún más singular: su condición de “ciudad-mundo”. Durante siglos, Venecia ha sido un lugar de circulación de personas, mercancías, ideas y lenguas, favoreciendo el contacto entre universos diferentes. Quizás por eso resulte tan apropiado que allí naciera una institución destinada a propiciar periódicamente una imago mundi colectiva.

 

La primera Exposición Internacional de Arte de la Ciudad de Venecia surgió en el contexto de aquel fervor por las exposiciones universales que recorrió ciudades como Londres o París. Inaugurada al público el 30 de abril de 1895, recibió 224.000 visitantes, proponiéndose como un gran dispositivo para comparar la excelencia artística de los países cada dos años. Esta característica pronto la convirtió en un escaparate internacional de gran valor, donde confluyen las distintas visiones del planeta.

 

Por ello mismo, pronto dejó de ser solamente una exposición de arte. En los años treinta se incorporaron Música, Cine y Teatro; en 1980 nació la Exposición Internacional de Arquitectura y en 1999 la de Danza. No se trata de una simple acumulación de disciplinas. Lo interesante es que sus confines son cada vez más permeables. Prueba de ello fue Monditalia de Rem Koolhaas (2014), que reunió en el Arsenale una exposición que bien puede considerarse una metabienal, reforzando así su condición de laboratorio creativo.

 

En efecto, las bienales de arquitectura ofrecen buenos ejemplos de ello. Han pasado de mostrar edificios y proyectos a interrogar su dimensión política, social y urbana. Paolo Portoghesi abrió al público las Corderie dell’Arsenale para convertir ese espacio, hasta entonces abandonado, en escenario de una discusión internacional sobre arquitectura. Décadas después Lesley Lokko desarrolló aún más esta intención imaginando The Laboratory of the Future.

 

Aquí aparece la cuestión fundamental: ¿qué significa realmente que una bienal sea un laboratorio? Bruno Latour escribió: «Dadme un laboratorio y moveré el mundo». No es solo una metáfora, ya que el laboratorio es el lugar donde una hipótesis puede ponerse a prueba, pero también donde pueden plantearse nuevas hipótesis. Desde esta perspectiva, el arte y la cultura dejan de ser únicamente espacios de representación para convertirse en lugares donde experimentar con relaciones sociales, formas de convivencia y posibles futuros.

 

Eso explica buena parte de las transformaciones recientes de la Bienal. Las últimas ediciones han desplazado progresivamente los límites de los saberes específicos y han incorporado de forma más decidida cuestiones como la crisis climática, la descolonización, la diversidad, los cuidados, las migraciones o las nuevas formas de habitar. Por ello, destacaría dos características de este proceso: la voluntad de orientar las propuestas desde valores éticos positivos y la evolución de las fronteras disciplinares, con el fin de convertir los proyectos creativos en laboratorios sociales. La Bienal aparece así como un ejercicio de imaginación orientado a dar respuestas a desafíos urgentes.

 

En las últimas bienales varios pabellones nacionales permiten observarlo con claridad. De hecho, la competición pacífica de naciones, basada originalmente en la presentación de artistas y obras representativos de cada país, ha dado paso cada vez más a pabellones que funcionan como espacios para interrogar identidades, historias y conflictos.

 

De ahí podría derivarse incluso la pregunta por la vigencia del modelo basado en Estados-nación. Sin embargo, esto no debería implicar que la Bienal se entienda como un contenedor neutral. La última edición lo ha puesto de manifiesto: la participación de Rusia, Israel y Estados Unidos ha suscitado controversias de distinta naturaleza, desembocando la protesta contra la presencia israelí en la huelga de numerosos pabellones nacionales durante parte de la jornada.

Por otro lado, siempre han existido vasos comunicantes entre ciudad y Bienal, incluso lugares que atesoran obras compradas por el Ayuntamiento de Venecia en las primeras bienales. Además, cada año basta observar los programas que ofrecen las otras instituciones culturales, para comprobar cómo la mayoría corresponde a aquello que la Bienal está pensando. La exposición se extiende así por toda la urbe y, al hacerlo, convierte la propia ciudad en materia de proyecto.

Esto es manifiesto en la actualidad: la Bienal Arte ocupa los Giardini, el Arsenale y numerosos lugares de Venecia y alrededores, mientras que los festivales de Teatro, Danza y Música activan otros espacios, extendiéndose de forma más decidida a Mestre y Marghera. Se puede afirmar, pues, que la Bienal no sucede simplemente en Venecia: sucede con Venecia.

 

Y aquí aparece la paradoja. La Bienal forma parte de un ecosistema cultural mucho mayor, compuesto por museos, fundaciones, galerías, instituciones internacionales, colecciones privadas, eventos paralelos y nuevos usos de edificios históricos. Ese sistema aporta recursos, actividad y visibilidad internacional a una ciudad cuyo patrimonio sería difícil de mantener exclusivamente con fondos públicos. Sin embargo, también forma parte de una dinámica que está transformándola progresivamente en mercancía cultural.

 

El turismo, la inversión inmobiliaria y la proliferación de espacios destinados a visitantes generan riqueza, pero también presión sobre la vivienda, los servicios y la vida cotidiana. Proyectos artísticos como Ciutat de vacances (2017-2019) han analizado cómo Venecia constituye un caso paradigmático del turismo de masas y de sus efectos: la conversión de los lugares en productos turísticos y la pérdida de comunidad e intimidad.

 

Mientras preparaba la inauguración de este proyecto en el Palacio Grimani, escuché una frase que parece una de las mejores definiciones involuntarias de su condición contemporánea: una turista estadounidense preguntó al controllore del vaporetto: «¿A qué hora cierra Venecia?». La pregunta provoca una sonrisa, pero también revela una inquietante metamorfosis: Venecia como lugar que se visita, se consume y finalmente se abandona. En Si Venecia muere (2014), Salvatore Settis lo formula de una manera más severa: Venecia es una “máquina de pensar”, una herramienta para imaginar la idea de ciudad y, precisamente por ello, un síntoma y un laboratorio del destino de las ciudades históricas.

 

Tal vez sea ese el verdadero desafío de la Bienal. Si Venecia es un lugar donde se ensaya el futuro de la cultura, también debería serlo para pensar cómo queremos que sean las ciudades culturales del futuro. Porque una cultura capaz de concebir mundos nuevos no puede desentenderse del lugar donde los proyecta.

 

Venecia corre el riesgo de convertirse en un magnífico parque de atracciones cultural, sofisticado y perfectamente conservado, pero sin vida cotidiana. Por ello, la condición de laboratorio de la Bienal debería servir para experimentar también con otras formas de relación entre cultura, economía, turismo, patrimonio y ciudadanía.

 

 

La ciudad que durante siglos comunicó Oriente y Occidente puede seguir conectando presente y futuro. Para ello, es fundamental que Venecia no deje de ser una ciudad.

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