No todo en el museo está dentro

La presencia de biodiversidad en los entornos museísticos modifica la experiencia del visitante, generando una relación más directa y consciente con la naturaleza en pleno contexto urbano.

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Los entornos urbanos plantean desafíos significativos para la biodiversidad, especialmente para especies como los insectos polinizadores, cuyos hábitats se ven reducidos por la configuración de la ciudad. Frente a este contexto, algunos museos están desarrollando islas de biodiversidad: espacios verdes diseñados como refugios para especies autóctonas e integrados en el entorno cultural. 

 

Estas intervenciones actúan como laboratorios vivos, donde la restauración ecológica se combina con la experiencia del visitante. La incorporación de vegetación nativa, madera en descomposición, zonas húmedas, hoteles de insectos o áreas de nidificación permite reconstruir cadenas tróficas y favorecer el equilibrio de los ecosistemas urbanos. 

En el barrio de South Kensington, el Natural History Museum ha transformado más de dos hectáreas de su entorno en un espacio abierto dedicado a la biodiversidad. El proyecto Urban Nature Project, desarrollado junto a arquitectos y paisajistas, ha incorporado praderas, humedales, setos y otras tipologías propias de los ecosistemas británicos. 

 

Además de favorecer la presencia de fauna urbana, el espacio funciona como un aula al aire libre para millones de visitantes. El impacto del museo se extiende también al ámbito científico, con herramientas como el Biodiversity Intactness Index (BII), que permite evaluar la salud de los ecosistemas y trasladar estos datos a sistemas económicos y de inversión. 

También en Londres, el Horniman Museum & Gardens ha integrado criterios de diseño orientados a la biodiversidad en sus jardines. Praderas naturales, plantaciones favorables para polinizadores y zonas de conservación convierten el espacio en un punto de apoyo para especies locales, incorporando la naturaleza en la experiencia de visita.

El Rijksmuseum ha transformado parte de sus áreas exteriores mediante jardinería ecológica, sustituyendo superficies tradicionales por microecosistemas con flores silvestres y hábitats para insectos. Esta adaptación muestra cómo instituciones patrimoniales pueden responder a los desafíos ambientales desde el diseño del paisaje.

Desde 2007, el Museo de América acoge una pareja de halcones peregrinos en su torre, en colaboración con SEO/BirdLife. La instalación de cajas nido y sistemas de seguimiento permite proteger la especie y, al mismo tiempo, hacer visible su presencia a través de retransmisiones en directo. 

 

Este tipo de iniciativas acercan la biodiversidad a los ciudadanos, integrándola en la vida cotidiana y en la experiencia cultural. 

Las islas de biodiversidad muestran que incluso en entornos densamente urbanizados, los museos pueden actuar como agentes de restauración ecológica. Al generar hábitats para distintas especies, estos espacios no solo contribuyen a la conservación, sino que permiten a los visitantes reconectar con el entorno natural

 

En este contexto, la protección de la biodiversidad deja de percibirse como una cuestión lejana para convertirse en una experiencia próxima, integrada en el propio recorrido del museo. 

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