Durante décadas, una indicación ha acompañado de forma casi silenciosa el recorrido por los museos: “no tocar”. Una norma necesaria para la conservación de las obras que, sin embargo, ha interpuesto también una distancia. Para muchas personas, especialmente aquellas con discapacidad visual, esa distancia ha supuesto quedar al margen de una experiencia directa con el arte.
Hoy, ese marco empieza a cambiar. Cada vez más instituciones están transformando e invitación lo que habitualmente ha sido una prohibición. No se trata solo de incorporar nuevos recursos de mediación, sino de revisar el modo en que se entiende el acceso a la cultura. En este contexto, la accesibilidad se consolida como un principio estructural del diseño museístico, vinculado a la reducción de desigualdades y al fortalecimiento de instituciones más inclusivas.
En 2015, el Museo del Prado presentó una exposición cuyo título ya contenía un cambio de enfoque: Hoy toca el Prado. Seis obras emblemáticas de la colección fueron reproducidas en relieve para permitir que personas ciegas o con discapacidad visual pudieran recorrerlas a través del tacto: la curva de un gesto, la tensión de un pliegue, la composición de una escena.
Gracias a la metodología Didú, desarrollada por Estudios Durero, piezas como El caballero de la mano en el pecho de El Greco, El quitasol de Francisco de Goya o Noli me tangere de Correggio, algunas de ellas a escala real, se transformaron en obras táctiles. La exposición, tras su presentación en Madrid, viajó por distintas instituciones en España.
La propuesta era provocadora: tocar para ver. Y, con ello, innovar en la forma de vivir la experiencia artística.
Mucho antes de que la accesibilidad formara parte central del discurso museístico, el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York ya había incorporado el tacto como herramienta de mediación. Desde hace más de cincuenta años organiza visitas táctiles, y actualmente su programa Art inSight ofrece recorridos y actividades específicas para personas ciegas o con baja visión.
La incorporación del tacto despliega la experiencia artística a otras dimensiones: volumen, ritmo, temperatura, presencia.
El Museo Nacional de Ciencias Naturales ha integrado la exploración táctil como parte habitual de su propuesta. Modelos en 3D y dispositivos accesibles permiten comprender formas, estructuras y patrones naturales a través del contacto directo.
En el ámbito científico, tocar forma parte del proceso de conocimiento. Trasladar esta lógica al espacio expositivo abre nuevas posibilidades de acceso y comprensión para públicos diversos.
En el Smithsonian American Art Museum, la accesibilidad se plantea como una experiencia multisensorial. Descripciones verbales, reproducciones táctiles y recorridos específicos dentro del programa America Insight combinan narración y percepción directa.
La historia del arte se ensancha así desde lo exclusivamente visual hacia una experiencia que involucra oído, tacto e imaginación.
En todos estos casos, la accesibilidad deja de ser una solución puntual para convertirse en una forma de comunicar. El tacto deja de percibirse como una amenaza para la conservación y pasa a entenderse como una vía de relación. Y la tecnología, desde relieves hasta impresión 3D, actúa como esa herramienta de conexión.
Cuando un museo permite tocar, establece una relación de confianza con su público y refuerza su función como institución abierta y relevante. Al mismo tiempo, abre el acceso a quienes tradicionalmente han quedado fuera de la experiencia directa, avanzando hacia una práctica cultural más inclusiva.
A veces, el cambio más significativo se produce en un gesto mínimo como sustituir un “No tocar” por un “Tocar para ver”. Parece una modificación en la señalética, pero la realidad es que significa una forma más humana y abierta de entender la relación entre el museo y las personas.
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